domingo, 6 de noviembre de 2011

ME CONTABA SUS SUEÑOS

Me contaba sus sueños llenos de paisajes imposibles, de torres que atravesaban las nubes negras y ardían al contacto del rayo como una cerilla, de canales flanqueados por estatuas de clásica belleza que discurrían, laberintos, por selvas interminables, de ámbitos en los que hombres y mujeres se acoplaban por las calles a capricho, indiscriminadamente; de ciudades que veneraban al gorrión y al gato y los paseaban en andas a la manera de las Semanas Santas andaluzas; de jinetes de cristal sobre caballos de cristal que sembraban el pánico entre transeúntes sin rostro; de cielos apocalípticos en los que estaban dibujados en colores, amenazantes y gozosos al mismo tiempo, los signos del zodíaco; de sonidos inaudibles que se transformaban en esferas llenas de deseo; de hadas como las de los cuentos que le contaban en su infancia; de lagos románticos y lúgubres que emanaban un llorar tenebroso; de arenas removidas de las que salían, entre huesos, vísceras y sangre, gusanos tan grandes como casas; de bosques habitados por leprosos sabios que se paseaban con libros en las manos salmodiando el destino; de las plazuelas del país de la lluvia, desiertas y bellas, donde duermen los amores de los niños que fueron; de praderas primaverales en las que un éxodo de tribus primitivas era sobrevolado siempre por el pájaro caelowe. Afirmaba que a su mujer la habían raptado los umbros  y que desde entonces la buscaba en los sueños. Estoy flotando entre dos mundos, me decía, que son el mismo pero no son iguales. Esas ciudades que nunca he visitado. Los colores me duelen, a veces, de intensos. El sabor puede ser sólo un símbolo. La otra noche comí oro en el sueño. Era tierno como el pan ácimo y me iluminaba el corazón, lo calentaba como un beso. Esas ciudades son laberintos oscuros de chabolas miserables que tengo que cruzar, escuchando las respiraciones jadeantes de los dormidos, los murmullos sofocados por las pesadillas. "¡Mamá, mamá, tengo sed!". Pequeñas azoteas. Antiguos conocidos que me invitan (¡chitón!), el dedo en los labios. "No está aquí, no está aquí. Bebe, come, tenemos ataúdes, muy ricos". El viento. Muñecos de viento que llegan llorando a mi casa y se golpean contra las esquinas como adjetivos fláccidos del aire. Entonces, me empeño, febril, en los ribetes de las hojas del chopo cuando bailan, dulces, durante las tardes otoñales. O en amplias y desiertas avenidas, interminables jardines versallescos inundados por una luz de amanecer  un día de lluvia. Y comprendo que nunca llegué a aprobar el examen de patatología y voy a la Facultad, me pierdo por sus bibliotecas, tan preocupado porque no llevo pimientos en el cartapacio, y busco por las clases. El catedrático de Física me manda a la cama; dice que ya no es hora de que ande despierto por ahí. Dame fuego. No sé si va a servir. Cada vez estoy menos seguro de cuándo estoy en el mundo del sueño o en el mundo de la vigilia. Ahora, por ejemplo.
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