jueves, 1 de septiembre de 2011

LA DECADENCIA DE LA CORTESÍA


La cortesía es una virtud que insufla en los otros la alegría de experimentar el mundo de forma más amable. La cortesía no es protocolo. Los protocolos, en su mayor parte, suelen ser ristras de fórmulas de comportamiento acartonadas que nos parecen, al menos a mí, con toda la razón, absurdas. La cortesía es una actitud vital, auténtica, que emana de un carácter afable (temporal o permanente). La cortesía se da cuando, yendo al volante y teniendo tú el derecho legal al paso, se lo cedes a otro conductor que parece en dificultades. Cortesía es disculpar con una sonrisa a alguien que cometió un error involuntario. Cortesía es ofrecerse a llevar las dos pesadas bolsas de la compra que porta una anciana con evidente dificultad. Cortesía es ceder el asiento en el metro o el autobús a la mujer en avanzado estado de gravidez o a la persona impedida. Cortesía es invitar a que cruce una calle al peatón, con paso o sin paso de cebra, llueva o no (y con más razón, si llueve o cae un sol de justicia). Cortesía es abstenerse de fumar, en el caso de ser fumador o fumadora, en un espacio cerrado donde hay otras personas que no lo son, a no ser que te inviten a hacerlo y con mucha insistencia. Cortesía es procurar sonreír y dar las gracias siempre por cualquier servicio brindado (gracias y sonrisa que deben ser sinceras, salir de adentro), aunque la persona que te ha atendido lo haya hecho en cumplimiento de su deber; es decir, ya sea el funcionario que te solucionó una gestión en la ventanilla, que la enfermera que acaba de extraerte sangre para una analítica, que la frutera que te ha vendido un kilo de naranjas y, con más razón, pues esa persona lo hizo también llevada por la cortesía, dar muchas gracias y sonreír con simpatía a quien recogió el libro que se te cayó por distracción y vino corriendo a devolvértelo. La cortesía es un nexo de unión empático entre seres humanos que se desconocen pero son conscientes de que son seres humanos, hermanos. La cortesía, hoy es, cada vez más y desgraciadamente, una utopía. Desafortunadamente, cada uno va “a su bola” y le importa un pito lo que el otro sienta. Pero este fenómeno, esta decadencia de la cortesía, no es nada nuevo. Ya lo trata (supongo que entre muchos otros) Don Pío Baroja en su libro “La decadencia de la cortesía”, publicado en el año ¡1956! Ya entonces proliferaban los energúmenos. Entonces, cuando los niños nos cansábamos de oír: “niño, se dan los buenos días”, “niño, las cosas se piden por favor”, “niño, a los mayores hay que respetarlos”. Y es que, tal vez, las cosas, para que funcionen de verdad, han de salir de esa chispa divina que todos llevamos dentro, muy dentro, en el centro del centro de los centros. Lo dice Lao-Tse: Cuando las relaciones familiares no son armoniosas, aparecen la “piedad y el amor filial” Es decir, las convenciones. Y las convenciones acaban perdiendo vigencia.


Nota bene: No confundir cortesía con caballerosidad o sentido o espíritu caballeresco. Esto último es mucho más profundo, hasta el punto de que muchos dudan, incluso niegan, que haya existido jamás. Sin ir más lejos, Don Miguel de Cervantes en el capitulo 74 de la segunda parte del Quijote:
Y, volviéndose a Sancho, le dijo:
-Perdóname, amigo, de la ocasión que te he dado de parecer loco como yo, haciéndote caer en el error en que yo he caído de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo.
Pero de esas, y otras más o menos menudillas cosas, ya hablaremos en otros posts.



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