jueves, 25 de agosto de 2011

Banquete



Llegué a una sala de enormes ventanales que daban a occidente. Se servía la cena y en mi lugar, vacío, había una tarjetita con mi nombre. Me senté y saludé a mi vecino, pero estaba dormido. Todos estaban dormi­dos. Al­gunos, con la cabeza metida en el plato de sopa. Cogí la tarjeta. En su re­verso, tenía pegado un trocito de espejo. "Es una cortesía del an­fitrión" -dijo, sin despertarse, al verme sorprendido, la comensal de la derecha-. "Le encantan" -prosiguió entre ronquidos- "las almejas podridas y las niñas que cantan canciones infantiles como si fueran a morirse". A mi lado, ya recitaba el camarero: "De segundo, señor, tenemos tortilla de gambas o canapé de cadáver". No esperó mi elección. Con el cuchillo empezó a trinchar un ataúd negro rematado en su anverso por una cruz dorada. Me sirvió un trozo, rebosante de gusanos. Sabía a "desespero", a "grito desgarrado", a "esto es imposible". Cerré los ojos, llorando, y  los tres abismos salieron, hechos uno, por mi boca convertidos en palabras al desper­tarme sin saber (aún no lo sé) si estaba despertándome.
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