domingo, 24 de abril de 2011

FÁBULA SINIESTRA

Hace algunos días, a raíz de la situación económica crítica que atravesamos, se me ocurrió un tema para un cuento que no voy a escribir porque no encaja demasiado con el tipo de cosas que hago o tal vez porque ahora mismo estoy trabajando en otros textos que me interesan más o quizá sencillamente porque no me apetece.  Pero pondré el asunto aquí por si a alguien le resulta de algún provecho. La historia va de un tipo que tiene, por ejemplo, un pequeño negocio de carpintería metálica. Con el crecimiento de la construcción de viviendas a finales del siglo XX, prospera. Las cosas le van bien. Por aquel entonces, vive en un piso de alquiler. La tristemente famosa Ley Boyer ha blindado los intereses de los propietarios y dejado bastante indefensos a los inquilinos. Gobierna el PSOE con la prepotente desfachatez que le da la mayoría absoluta. Al llegar los fastos del Quinto Centenario y su horterada de Expo Universal, los codiciosos caseros sevillanos (nuestro héroe vive en Sevilla) suben de golpe e injustificadamente (a menos que la avaricia sea una justificación) el precio de los alquileres un trescientos por cien (sic). El tipo se dice entonces que ni puede pagar eso ni le parece justo. Por una hipoteca de menor cuantía adquirirá una vivienda en propiedad, de manera que asegure mejor su futuro y el de su descendencia. Porque este caballero tiene novia en ese momento y una intención de inminente casamiento. Bien. Actúa en consecuencia y el banco, dada la saludable situación financiera del sujeto, le concede la hipoteca con el único aval de su carpintería metálica. Y se casa. Y durante un breve lapso de tiempo, él y su familia son felices y comen perdices. Pero un día, sin que nadie se lo espere ni sepa por qué ni cómo ni de dónde, surge la crisis. El negocio inmobiliario se va a freír espárragos y, con él, los encargos a nuestro personaje y su fuente de ingresos. Hasta el punto de que tiene que cerrar la carpintería. Durante un tiempo, vive de sus ahorros y busca trabajo. ¡Qué ingenuidad! El paro crece en el país a un ritmo galopante. Jóvenes excelentemente preparados no encuentran empleo. ¿Cómo va a conseguirlo él, con cincuenta años de edad? La situación se hace cada vez más insostenible. Y el hombre entra en un estado de depresión crónica y de desesperación. Literalmente, no sabe qué hacer. Ni siquiera es viable vender su piso. Nadie compra. España está en bancarrota. No hay liquidez. Bueno, sí hay. Hay liquidez en unos cuantos bolsillos que contemplan con ansia la catástrofe y el endeudamiento mientras se frotan las manos calculando los beneficios. El caso es que al tipo, acorralado, que ama con toda su alma a su familia, se le ocurre una terrible y negra pero eficaz solución. Su seguro hipotecario cubre, curiosamente, el fallecimiento por suicidio. No son tontos los banqueros, no. Bien. El hecho es que existe esa tenebrosa rendija por la que escapar de la coyuntura y dejar a los suyos una vivienda propia libre de cargas y una pensión de viudedad. Algo es algo. Mejorarán, sin duda, sus condiciones de vida.
Y lo hace. Se pega un tiro.

El ejemplo cunde. Y los sucesivos casos que se producen impactan a la opinión pública. Mientras tanto, se acercan las elecciones y algún partido oportunista incluye en su programa de gobierno una medida muy deseable pero absolutamente fantasiosa: la condonación de toda la deuda, pública y privada. Por supuesto, amnistía hipotecaria universal. Partir de cero. Los banqueros se ríen de estos políticos visionarios. La Alemania de los años treinta queda muy lejos y ha sido olvidada
En diversos campos secretos de entrenamiento del partido en cuestión, sus miembros hacen prácticas de control mental y desfilan al paso de la oca.
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