martes, 11 de diciembre de 2012

Los Caballeros de la Belleza y la estulticia de la gente

Hace unos días fui a Portugal a comer con unos queridos amigos. El hijo de uno de ellos es músico. A lo largo de la conversación, me sugirieron que entrase en youtube, en un video donde este joven músico toca el violín en la cubierta de un barco, frente al mar. Me gustó tanto que se lo mande a algunos amigos. 




Uno de ellos, gran poeta, me respondió lo siguiente:Así tendríamos que ser todos, al menos yo. Admirable Carlos. Impasible ante la mostrenca audiencia de un público sin alma. No hagas lo que haces porque quieres hacerlo, sino que quieres hacerlo porque lo amas y así: debes hacerlo.
No importa nada más. El verdadero artista no necesita público. Sólo cómplices grandes como el mar.
Carlos, me ha recordado el Titanic en su última noche. Él también toca fiel sólo a sí mismo en un barco que se hunde herido de muerte por el iceberg de la vulgaridad, de la insensibilidad, de la completa ceguera ante la Belleza y sus dádivas. ¡Ay, esta sociedad que pensamos insumergible!
Te agradezo este envío, hermano. Son los estímulos que necesito para pensar que mi mundo no ha muerto, que aún quedan caballeros y sus hazañas.

Más tarde, hablando con otro hermano mío, este no sólo de espíritu sino también de sangre, me habló con admiración del joven Carlos y me dijo, entre otras cosas, que de nada habríamos de espantarnos en este mundo obsesionado por los bienes materiales, carente de sensibilidad y de alma. Una prueba era que uno de los más geniales violinistas del mundo, Joshua Bell, se puso a tocar en el metro de Londres y fue olímpicamente ignorado. En el siguiente enlace está la prueba:
http://www.youtube.com/watch?v=myq8upzJDJc&feature=youtu.be


Seguro que si toca en el Carnegie Hall a mil euros la entrada aquello se llena. ¿Ha de extrañarnos entonces la reacción estúpida de la gente ante el acto de arte de Carlos en el barco? No. Vivimos en un mundo lleno de imbéciles que ni piensan ni aman la belleza ni sienten ni nada. Condenados a su vulgaridad, obsesionados por los bienes materiales, ven lo que les dicen que tienen que ver, escuchan aquello que les ordenan y cuando leen, leen lo que mandan las grandes editoriales. Eso es lo que hay. Pero, afortunadamente, también hay héroes que defienden lo que merece la pena defender. Uno de ellos es Carlos. Mis respetos.
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