viernes, 23 de noviembre de 2012

INFIERNO

Ahí andaba el tipo en el infierno. No sabía desde cuándo. Ese no saber era uno de los tormentos del lugar, dando por descontado que ahí todo, cualquier detalle, es tormento, incluyendo la ignorancia de en qué consiste ese dolor.
-¿Cómo lo definirías? –le preguntó el demonio más astuto.
-No sé. ¿Dolor hueco? ¿Dolor nada?
-Frío, frío –respondió el diablo con una carcajada-. Pero dejémoslo. Aunque te llevaras eones pensándolo no darías con la solución. Sin embargo, hoy me encuentro generoso y de buen humor. Así que te haré un regalo. Por supuesto, no voy a darte la respuesta a mi pregunta. Pero sí te diré algo muy importante. ¿Sabes qué es lo peor del infierno?
-No sé. Aquí todo es malo.
-Imaginaba que no sabrías contestar. La estulticia es una de las características de los condenados. Pero yo te lo diré.
-Bien. ¿Qué es?
-Saber que es eterno. De aquí no se sale nunca. El infierno es eterno. ¡Ja! Mira: rima. ¿No te hace gracia?
-¿Qué es hacer gracia?
-Olvídalo. Hoy estoy chistoso. De buen humor, ya te dije. Tanto que estoy a punto de hacerte otro regalo. Un regalo sin precedentes en  la Ilustre Institución de Su Satánica Majestad. Sé que me la juego con esto. Pero me siento travieso.
-¿Cuál es ese regalo?
-Conste que concediéndotelo me salto una regla que jamás ha sido violada.
-Dime.
-¿Te gustaría salir de aquí?
-¡Claro!
-Mira que no sabes lo que vas a encontrar ahí afuera.
-No me importa. Dudo que haya nada peor que esto.
-Bien. Tú lo has querido.
El demonio abrió la puerta. Una luz resplandeciente, cegadora al principio, entró por ella. El tipo sintió que lo empujaban y las puertas del infierno se cerraban tras él. Cuando pudo empezar a ver, no creía lo que se mostraba ante sus ojos. Detrás de un cartel en el que letras maravillosas que acariciaban el corazón rezaban PARAÍSO,  la hierba, verde esmeralda, flanqueaba arroyos y ríos de aguas cristalinas, el cielo azul mostraba un bellísimo sol que, lejos de quemar, acariciaba con mimo su piel ahora de luz y arropaba su espíritu. Miles de árboles inundaban praderas y montañas cargados de frutos dulces. Vio su imagen en las aguas de un estanque. Rejuvenecida. Había vuelto a lo mejor de la edad pero infinitamente más perfecto. Era tal su bienestar que, no sólo la sensación de dolor, sino hasta la misma palabra dolor la había olvidado. Un sentimiento profundo y arrullador que lo envolvía todo y lo invadía a él por dentro le trajo una palabra que, aunque no conocía, había estado ahí siempre: AMOR. Mientras que en el infierno, a pesar de que lo había olvidado, el tiempo era interminable y cada segundo duraba un siglo, aquí no tenía conciencia del paso del  tiempo o tal vez el tiempo no existía. Cuando en alguna ocasión había aspirado a esto sin saber a lo que aspiraba, lo había llamado FELICIDAD. Pero ahora no tenía nombre ni lo necesitaba.
De pronto, subido en un arbolito cercano y esbozando una sonrisa malévola, vio al diablo que lo había sacado del averno. Se entretenía comiéndose el corazón de un niño recién nacido.
El tipo cerró los ojos horrorizado.
-Te gusta el cielo, ¿eh? –dijo el demonio-. No hace falta que me contestes. Ya sé que te gusta. ¡Pues hala! Es hora de volver al infierno.
Y de una patada en el trasero lo devolvió a las tinieblas.
-Ya te dije que hoy me sentía bromista y con ganas de hacer una buena cochinada. Ahora sabes la respuesta real. Antes te mentí. Lo peor del infierno no es su eternidad. Lo peor del infierno es haber conocido el cielo aunque sea un instante y regresar luego para siempre al Reino de Satán.
Soltó una carcajada.
-Pero, mira. Como te he hecho esta marranada sólo reservada a los peores, te daré en compensación un buen consejo, tomado del pío pintor Valdés Leal. Le propondré a Mi Señor Cornudo que lo mande esculpir en las puertas: “Los que entréis aquí, abandonad toda esperanza”. La esperanza sólo conseguirá aumentar tu sufrimiento. Adiós, pardillo. Ya perdí mucho rato contigo. Que sigas teniendo una miserable e infinita estancia entre nosotros. 

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