martes, 13 de diciembre de 2011

Vampiros entre nosotros


Cuando yo era casi un niño, descubrí un día, arrinconado en la biblioteca de mis padres, un librote enorme que se llamaba “Vampiros entre nosotros”. No. No era un estudio “científico” sobre vampirismo ni pretendía el tomaco demostrar la realidad de los nosferatus, como puede hacer creer el título o, aún más, la frase que campeaba como reclamo en la portada: “La fuerza del vampiro reside en que nadie cree en su existencia”. No. Se trataba solamente de una compilación de cuentos de ese subgenero de la literatura de terror, firmados por magníficos autores, como E. A. Poe o Sheridan le Fanú, entre muchos otros. La antología, hecha por Roger Vadim, director de cine y suertudo conquistador y pareja de mujeres como la Brigitte Bardot, Catherine Deneuve, Jane Fonda et alii de similares méritos, es una de las mejores que he visto y hoy no debe de ser nada fácil de encontrar. Ni tiene nada que ver, sino tangencialmente, con el presente post. La traigo a colación sólo porque he elegido el mismo título para esta entrada que sí trata de la indudable existencia de los vampiros.
Sí  señor, sí.  Estas larvas pululan por el mundo, alimentándose de la vida de los seres humanos. Y aunque su número es sensiblemente inferior al de sus víctimas, no son pocos. Lo que ocurre es que hay grandes vampiros que se ciernen como enormes bestias sobre la tierra sorbiendo su fluido vital y vampirillos de tres al cuarto. De hecho, voluntariamente o no, muchos vampirizados se convierten en vampiros que se alimentan de otros. Para entenderlo, pongamos como metáfora el hecho de que el nivel de vida alto (aceptable en términos relativos aún hoy a pesar de la crisis) del primer mundo es un resultado del expolio económico y medioambiental que éste ejerce sobre el llamado tercer mundo. Este fenómeno (comprendo que mucho más pedestre) ayudará a entender el tema del vampirismo.
Entre las víctimas de Drácula y su ejército (es una forma de hablar), las hay, sí, completamente inocentes. Siempre ha habido inocentes. Pero el hecho de ser víctima no exime de culpa en todas las ocasiones. Muchos hay que se ponen a tiro de vampiro (perdón por el ripio interno) si no con plena consciencia, sí barruntando más o menos lo que hacen. Está claro que la bruma y la noche son su reino. ¿Para qué los frecuentan? ¿Por qué se dejan arrastrar por sus seducciones? Pues los vampiros, aunque no son bellos, hacen parecer que son hermosos por el poder que detentan, el único Poder de este mundo. No estoy diciendo que las víctimas no sean dignas de compasión y de ser rescatadas en la medida de lo posible. No. Estoy diciendo que muchas veces nos pasamos veinte pueblos y luego nos quejamos.
Hagamos uso, pues, de las armas que los textos que de ellos tratan nos han dejado reseñadas para mantenerlos alejados. A saber:
-El ajo. ¿Y por qué el ajo?, se preguntará quién sea que se lo pregunte. Pues resulta que el ajo es tradicionalmente comida de pobres. Bueno, lo era; porque se ha puesto a unos precios exorbitantes. Y como el vampiro le huye al pobre (después de empobrecerlo, claro), este símbolo es bastante eficaz para ahuyentarlo.
-La cruz. Pues sí. Parece que la cruz también los espanta. Tengamos en cuenta que la Iglesia Católica consideró pecado y actividad abominable el préstamo con interés. Es decir, la usura. Por lo que sólo podían ejercerla los judíos. Mientras tanto, ella, la Iglesia, vendía indulgencias. No está muy bien eso de ir vendiendo el cielo, ¿no? Pero, al fin, esta, la cruz, es otra de las armas contra los vampiros y dejémoslo así.
Para reconocer a un vampiro, no olvidemos esto, fijémonos en si se refleja en los espejos. Si no se refleja en los espejos, es un vampiro. La razón es que un vampiro no se ve nunca a sí mismo como vampiro. Se considera un “hombre de éxito”.
Y, finalmente, ¿cómo exterminarlos? Bueno, esto es lo más fácil. Multitud de relatos y películas nos facilitan los métodos: clavándoles una estaca en el corazón (lo difícil está en encontrar su corazón) o disparándoles con una bala de plata (nada de balas de plomo, los vampiros son muy refinados; si la bala es de oro, supongo que será doblemente eficaz).
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