viernes, 2 de septiembre de 2011

La casa de Valle Inclán


Entro en Google buscando una fotografía para ilustrar esta entrada, tecleo “Casa de Valle Inclán” y me llevo la sorpresa de comprobar que ahora es un museo y que a la calle en la que se encuentra le han puesto el nombre de Luces de Bohemia. Quien se tome la molestia de leer este post completo se explicará el porqué de mi sorpresa.
Hace unos días, le contaba a una amiga una anécdota en relación con una visita que hice siendo joven al pazo en el que nació el escritor. Le hizo gracia y me dijo: ¿por qué no lo pones en tu blog? Es una historia bonita. Y le hago caso. Aquí lo pongo tal y como se lo conté a ella.
De esto hace ya más de veinte años. Habíamos ido a Galicia a pasar unas vacaciones. Uno de mis objetivos era visitar la casa natal de Valle Inclán en Villanueva de Arosa  Así que un día agarramos el coche y nos fuimos para allá. El pueblo estaba completamente desierto. No había un alma en las calles. Deambulamos intentando localizar a alguien que nos informase de dónde estaba la casa del escritor. Al fin, encontramos una taberna abierta. Sólo estaban el camarero y un parroquiano al final de la barra. Saludé y les dije si serían tan amables de indicarme donde estaba la casa en la que había nacido Don Ramón del Valle Inclán. El camarero se me quedó mirando muy extrañado y me dijo con un marcado acento gallego, como es natural: "¿Don Ramón qué?". "Valle Inclán, insistí yo, el escritor". Se quedó pensando, mirando hacia arriba. Al fin me dijo: "No. Por aquí no hay ningún señor que se llame así, que yo recuerde. Por mi bar por lo menos no viene". No supe si reírme o echarme a llorar. En ese momento, el borrachín que había estado oyendo la conversación desde el fondo delante de su copa de orujo, dijo a grandes voces: "Sí, carallo, este señor pregunta por la casa de la loca. Está al fondo de la calle. Salga usted y vaya a la izquierda hasta el final. Allí hay un pazo. Esa es". Eso hicimos. Al llegar a la puerta del pazo vimos una cabeza de pollo recién arrancada, sangrante, tirada en el suelo. No sé por qué relacioné aquello con magia negra, meigas... No sé. Galicia es una tierra muy céltica y dada a ese tipo de cosas. Nos dio un poco de yuyu. En fin. Llamamos a la puerta. No abrían. Volví a llamar. Se oyó un sonido como de zapatillas que se arrastraban acercándose. Abrieron el enorme portón y apareció una vieja con el pelo alborotado, una bata de boatiné y el gesto efectivamente un tanto desencajado. "¡¿Quienes son ustedes?! ¡¿Qué quieren?!" Me asombré de ese recibimiento tan hosco. Le dije: "Buenos días, señora. ¿Esta es la casa donde nació Don Ramón del Valle Inclán?" "¡Sí! -respondió- Pero no se puede visitar. Esta es mi casa. Aquí vivo yo. Esto no es un museo". "Bien, perdone"- le dije-. Y, mientras pensaba en algo con lo que convencerla de que nos dejase entrar, añadí: "Usted es familia suya, ¿verdad?". "Sí. Era mi tío" -respondió aún visiblemente enfadada-. En ese momento, inopinadamente, me acordé de la película "Amanece que no es poco" y de que Resines en ella era profesor en una universidad de California y venía a España de vacaciones. Y ya todo me salió rodado. "En fin, le dije. Ya que usted ha decidido, con todo su derecho y razón, no permitir visitar la casa del genial escritor, me quedaré sin cumplir mi sueño. Conste que la comprendo y respeto su decisión. En fin, es una lástima. Yo soy un gran admirador de su tío. Es el escritor que más admiro en el mundo. Soy profesor de Literatura Española en una universidad de California y he venido a España con el único objeto de visitar la casa de Valle Inclán. Pero no ha podido ser. Bueno. De todas formas, encantado de haberla conocido, señora". La mujer había cambiado completamente su gesto que, como por arte de magia, se había dulcificado. "Bueno... bueno... Si viene usted desde tan lejos, pueden pasar. Ande, entre". Nos enseñó toda la casa, la cama (una cama muy estrecha) donde nació Valle, el hogar en torno al que les contaba cuentos a ella y a sus hermanas. Nos dijo que Don Ramón no tenía mal genio. Que eso era una mentira. Que con ellas era el hombre más cariñoso del mundo. No paraba de hablar. Nos hizo un café. Le hacía carantoñas a mi hijo, entonces un niño de cuatro años. Y cuando ya nos íbamos... ¡no quería que nos fuésemos! Nos hizo prometer que si volvíamos por allí iríamos a visitarla. Nunca volví a aquel pueblo. Y ya debe de haber muerto.
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