martes, 22 de marzo de 2011

ESTOS DÍAS AZULES Y ESTE SOL DE LA INFANCIA

La muerte de muchos poetas está adornada por alguna anécdota, algún detalle que imprime a su final sobre la tierra un carácter propio de su condición de bardo. De Gustavo Adolfo Bécquer se cuenta que las últimas palabras que dijo fueron: “Todo mortal”. Y expiró. Lo cual celebran exultantes (que dijera eso, no que expirase) los incontables enemigos de lo metafísico. Así como explican jocosamente el “¡Licht, Mehr Licht!” (“¡Luz, Más Luz!”) de Goethe al borde del momento postrero, contra la interpretación espiritual que muchos le han dado, como que las ventanas estaban cerradas y Johann Wolfgang estaba pidiendo que las abriesen. Sabido es que Rainer María Rilke murió como consecuencia de una septicemia que se le produjo tras pincharse con una espina de  rosa. Se negó a ser asistido. “Quiero morir de mi propia muerte, no de la muerte de los médicos”, dijo. Morir por el pinchazo de una rosa. ¿Qué mejor final para el que había escrito: “Rosa, contradicción pura, placer / de no ser sueño de nadie entre tantos párpados”?
Pero la más bella circunstancia ligada a la muerte de un poeta de la que tengo noticia es la relacionada con Antonio Machado. Tras su defunción en Collioure encontraron en el bolsillo de su chaqueta un papel con un solo verso, probablemente el último que escribió: “Estos días azules y este sol de la infancia”. ¿Qué sentiría el viejo poeta, denostado por unos, exagerado por otros, codiciosamente reivindicado por todos, al trazar esas últimas hermosas palabras al borde del mar, expulsado ya para siempre de su patria? ¿Qué mirada no echaría desde el alto alcor de su imaginación sobre ese “huerto donde madura el limonero”, sobre esas calles que huelen a incienso y a azahar en la primavera que este año ha llegado con puntualidad inglesa?
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