miércoles, 2 de febrero de 2011

INTERVIÚS


X Entrevistaba gente. No era periodista, ni encuestador, ni psicólogo, ni abogado, ni juez, ni policía. Pero interrogaba a la gente.
-¿Acerca de qué?
-Acerca de lo que ellos quieran.
-Supongo que con un interés sociológico.
-No, no, sociológico no. Nada de sociológico.
-Entonces, ¿qué interés tiene?
-Mucho, tiene mucho interés, mucho.
Lo afirmó taxativamente, sin más explicaciones y sin dejar el más mínimo resquicio a la duda, como si hubiera dicho que el aire es un estado gaseoso de la materia.
-¿Puede ponerme algún ejemplo?
-Sí, claro, claro que sí.
Y guardó silencio. Yo también, esperando que retomase su discurso, me callé un rato. Al fin, insistí.
-¿Y…?
-¿Y qué?
-El ejemplo que me iba a poner.
-Vamos a ver. Seamos rigurosos. Usted no me ha pedido que le ponga un ejemplo. Me ha preguntado si puedo ponerle algún ejemplo. Y yo le he contestado que sí. ¿Ve? Esto es lo que me fastidia de ustedes, los entrevistadores profesionales. Su falta de rigor. Yo jamás incurro en semejante error. Bueno, alguna vez. La verdad es que muchas veces, casi siempre si quiere. Pero no se debe, ¿eh? No se debe. Mire, por ilustrar el asunto, ayer mismo entrevisté a un matador de cucarachas.
-A un exterminador de insectos.
-No. A un matador de cucarachas. Este señor mata única y exclusivamente cucarachas.
-Su empresa está especializada en las cucarachas. Curioso.
-No, ¿qué empresa? Él mata cucarachas.
-Bien. ¿Y qué métodos emplea? ¿Insecticidas? ¿Trampas?
-El zapato. Ese método emplea. El zapato.
No dejó intervenir a mi estupefacción.
-En realidad, es contable. Pero eso es sólo un hobby por el que le pagan. Su verdadera vocación es matar cucarachas. Él va, por ahí, por donde sea, ve una cucaracha y ¡zas! La aplasta con el zapato. No se le escapa ni una, oiga. Cucaracha vista es cucaracha muerta. Me contaba que, hace ya algún tiempo, paseaba por una Avenida de Madrid una preciosa noche de verano iluminada por el plenilunio, cuando allí, a escasos cinco metros, divisó las vacilaciones de una cuyos élitros brillaban bajo la luz lunar. El bichito no sabía si tirar hacia una zona boscosa que se encontraba a su izquierda o hacia una boca de alcantarilla que había a su derecha. El cazador observaba, alerta, casi con la postura de muestra de un pointer o un perdiguero. Como buen cazador, intentó ponerse en la mente del coleóptero, anticiparse a sus reacciones. Entre intuitivo y racional, dedujo que algún impulso atávico la llevaría hacia las cloacas. Si hubiera sido un ciervo, un tigre, incluso un conejo, habría elegido el parque. ¿Pero una cucaracha? Estaba claro. No obstante todas las anticipaciones de mi entrevistado, el insecto corrió cual estrella fugaz hacia la alcantarilla y se perdió bajo la tapa. Pero ¿renunció el perseguidor por eso? No. No señor. No renunció.
X volvió a guardar silencio.
-¿Y qué más?
-Pues ya está.
-¿Qué ocurrió con la persecución de la cucaracha?
-No lo sé. En ese momento justo se interrumpió la entrevista porque una cucaracha pasó por allí y mi entrevistado salió corriendo tras ella. No volví a verlo.
-Bueno. ¿Y eso que me acaba de contar qué ilustra?
-¿Cómo que qué ilustra? ¿Ve? Esto es lo que me fastidia de ustedes los entrevistadores profesionales. Son demasiado rígidos. No se debe ser tan inflexible hombre. Hay que dar vuelo a la espontaneidad.
Ilustró este aserto con un movimiento de alas de los brazos.
-¿Y qué piensa usted de…?
-¿Quiere otro ejemplo?
-No iba a pedírselo. Pero sí. Si es tan amable.
-La semana pasada entrevisté a un ornitólogo.
-Bien. ¿Y qué le contó?
-Que se levantaba todos los días a las ocho de la mañana.
-¿Y qué más?
-Nada más. Sólo eso.
-¿Y eso tiene el más mínimo interés?
-Por supuesto que sí. No pase tan alegremente por encima de los detalles, del contexto. Fíjese que le he dicho “todos los días”.
Y reforzó alzando la voz ese “todos los días” como demostrando que eso dotaba a la declaración del estudioso de los pájaros de una peculiaridad incontrovertible.
-Bien. ¿Y qué piensa hacer usted con todo este material que está compilando?
-Un libro, un libro sin precedentes en la historia de la humanidad.
-Bien, bien. ¿Y qué criterios tiene usted en cuanto, por ejemplo, la amplitud de la muestra?
-¿Perdón?
-Que a cuanta gente piensa entrevistar.
-A todos.
-¿Cómo que a todos?
-Sí, sí. A todos los habitantes del planeta.
-Pero eso es imposible.
-Completamente. Ni aunque tuviese mil vidas. Fíjese que, aún en el supuesto teórico de que viviese miles de años, el crecimiento demográfico es más veloz que mi realización de la tarea, cada segundo nacen miles de nuevos seres humanos en la tierra a los que no podría dejar fuera. Me lo impide mi proyecto.
-Pero, entonces, nunca podrá culminarlo.
-No. Nunca.
-Es absurdo.
-Efectivamente.
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