lunes, 31 de enero de 2011

CIRCUNFERENCIAS

Aarón hacía circunferencias en la playa. Cada día, desde por la mañana hasta que se ponía el sol, una, dos, tres, veinte, cien…  Él era la pierna de punta del compás, una caña la pierna de trazo. Dibujaba al azar pero sin pausa, a lo largo de kilómetros de costa.
Cada noche, el viento, el mar, la lluvia, se encargaban de borrar lo que había hecho. Y cada amanecer Aarón recomenzaba la construcción de lo destruido.
Hacía años que se dedicaba a esto, de lunes a domingo, también días de fiesta y en periodos vacacionales. Y nunca nadie le preguntó nada. Nadie se interesó por los motivos de actividad tan peregrina. En invierno, en medio de un frío gélido o  bajo la lluvia, sólo se veía a Aarón en la orilla entregado a su trabajo, en primavera ya se podía observar un buen número de paseantes a su alrededor. Al llegar los calores del verano tenía a veces que abrirse paso, bien con exquisitos modales, ya ignorando la presencia del que lo increpaba por haberlo rozado con la punta del palo en su concentrada entrega al trazo del círculo.
Una mañana, para su tremenda sorpresa, una niña que llevaba en una mano un cubito y en otro una pala, ambos de plástico y azul y roja respectivamente, se dirigió a él:
-¿Por qué haces eso?
-¿Qué? –Aarón hizo la pregunta ociosamente. De sobras sabía él a lo que la niña se refería. Pero le apetecía dar un poco de intriga a aquel acontecimiento, subrayar su importancia con la demora de la respuesta. A fin de cuentas, se trataba de la primera persona que reparaba en su tarea.
-¿Por qué dibujas redondeles?
-Bueno. No es fácil de explicar.
Una vez más, quería hacerse el interesante. Se irguió, apoyó la punta de la caña en la tierra y miró al horizonte respirando hondo como si meditase lo que iba a decir a continuación.
-Sentémonos –dijo-. Necesito descansar. Hace años que no descanso, ¿sabes?
La niña asintió con enérgicos movimientos de cabeza y guardó silencio.
-Verás –dijo Aarón-, ¿ves aquellas casas allá a lo lejos, lejos?
Y señaló hacia occidente.
-Sí. Las veo.
-Pues desde allí hasta, hasta… ¿ves aquel muelle allí al fondo?
E indicó con el dedo, hacia el oriente, un viejo muelle desvencijado que ya nadie usaba.
La niña afirmó otra vez con la cabeza, levemente ahora.
-Pues bien. Cuando baja la marea, tras toda esta orilla de arena fina aparece una orilla de fango negro. Ese fango está lleno de pequeños agujeros que son en realidad las madrigueras de los cangrejos. ¿Alguna vez has visto un cangrejo?
La niña mintió negando sin saber por qué.
-Bueno. Algún día te enseñaré uno. El caso es que los cangrejos salen de sus cuevas. Caminan de aquí para allá, hacia un lado, hacia el otro, hacia detrás, hacia delante. Y en su vagabundeo, siempre, siempre, hay algunos que acaban metiéndose en uno de los círculos que yo he dibujado. ¡Y ya! Ahí los tengo, cazados, atrapados dentro de mi circunferencia. Mis círculos son, como ves, círculos para cazar cangrejos.
-Pero luego se salen otra vez, escapan –dijo la niña, expresando con su gesto la evidencia del caso.
-Sí, claro –respondió Aarón, que ya se había levantado y reiniciado su tarea-. Por supuesto. Jamás se me ocurriría dejarlos ahí presos para siempre. Soy un amante de la libertad.
La niña asintió, pensativa, dijo adiós con la mano y corrió dando saltos sobre la arena seca y quemante hacia la sombrilla bajo la que su madre miraba el mar tras unas gafas de sol.
Aarón sonrió satisfecho. Por supuesto, toda aquella explicación dada a la pequeña se la había inventado sobre la marcha. En realidad, él no sabía por qué se dedicaba a dibujar circunferencias en la playa ni lo sabría jamás. Pero en aquel momento pensaba ilusionado en la interpretación que haría de su trabajo ante el próximo consultante que llegase. Tal vez en media hora, tal vez la semana próxima, en un año o en dos. Tal vez nunca.
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