domingo, 3 de octubre de 2010

LA PUERTA


Aquel fue el día en el que abrí la puerta. En mi alma sin resolver se amontonaban todas las notas desordenadas de una canción. “Intentar tararearla” –me dije- “es todo el dolor y la aventura”. ¡Cómo admiraba y envidiaba a los que supieron hacerlo! ¡Cómo me consolaba en ellos al mismo tiempo que no los comprendía! ¿Cómo podían Vivaldi o Bach explicarme mi luz y mi miseria, que para mí eran sólo caos? ¿Cómo podían Machado o Juan Ramón o Rilke (resistiendo todas las traducciones) decirme aquello que yo de mí quería decir sin conseguirlo? Pasé por un supermercado y compré una botella de whisky del mejor. Estaba entonces leyendo la biografía de Aleister Crowley, mago negro o payaso o canalla rijoso o poeta frustrado. Estaba entonces, como siempre, buscando; debatiéndome, trataba de mirar el secreto que tiembla en el centro de la palabra, su ritmo, su música o lo que oculta. Estaba allí, absurdo  como siempre, esperando que llegase un ángel y me dijera. Las notas de la canción antigua me bullían dentro, sin decidirse. Y, de pronto, entre un trago y una voluta de humo, lo supe. Había una puerta cerrada que tenía que abrir con un gesto.
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