viernes, 4 de junio de 2010

El grito del axolotl

Para escribir un artículo sobre el ajolote o axolotl, ese extraño bicho neoténico que ocupa importante papel en la mitología azteca y al que Julio Cortázar dedicó un célebre cuento, visité la estación biológica de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, donde pude ver a un triste individuo, casi tan quieto como el que describe Cortázar, dentro de una turbia pecera.
Deambulé después por las orillas del Río Chiquito porque me aseguraron que allí los había. No vi ninguno. El único animal que encontré por esos andurriales excepto, eso sí, abundantes insectos, fue un burro amarrado a una estaca con expresión harto melancólica. Y es que, además de que el sitio está tremendamente contaminado, al ajolote (en vías de extinción debido a distintas condiciones medioambientales adversas) es dificilísimo (no digamos “imposible”, huyamos de los extremismos) encontrarlo en estado de libertad.
Fui luego a la Isla de Janitzio, donde una familia purépecha se dedica a la recuperación y cría de este anfibio. Allí grabé el video que incluyo en post anterior llamado Axolotl I y tuve en mi mano a una ajolota. Emitía unos inquietantes y agudos chillidos. Y así me lo ratificaron con sus comentarios (por si yo hubiese alucinado) la mujer india que me la estaba mostrando y también Yurixi. Dionisio, el nahua que, días después, me enseñaba y explicaba otro criadero de Ambystomas (es el nombre científico) en una chinampa de Xochimilco, en el DF, donde grabé el otro video que he colgado, al que llamo Axolotl II, lo negaba. “Los ajolotes no gritan”, aseveró con cierta sorna. Pues no chillarán, pensé, pero yo los he oído.
Y es a cuento de esto último a lo que viene este post. Porque esta noche soñé con el ajolote. Estaba yo en una barbería y el peluquero se ofreció a regalarme uno. Es curiosa la concomitancia. El animal en cuestión tiene un halo filamentoso alrededor de la cabeza que simula una cabellera afro y que en realidad son sus branquias. El Fígaro de mi sueño los tenía repartidos por todo el establecimiento en peceras como otros barberos tienen jilgueros o canarios en jaulas. “¿Se ha fijado usted, me decía, en el grito tan peculiar de los ajolotes?”. No sé si peculiar pero sí fuerte fue mi grito de triunfo. “¡Luego es verdad que gritan!”, grité. “Claro, naturalmente –dijo extrañado ante mi extrañeza-. Yo he oído su grito miles de veces”. Así que, si mi sueño me da la razón, junto a Yuli y a la guare de Janitzio, punto de realidad arriba o abajo, ganamos cuatro contra uno. Los ajolotes chillan. O, al menos, las ajolotas.

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